- AQUÍ LA HISTORIA DE EL REDUCTO FRONTÓN “LA FABRICA”, ANTE EL SOLICITADOS DE AQUELLOS QUE SUPIERON ZAPATEAR EN SU CALCAREO DE LA URBE DE GRAL. LA MADRID. PROVINCIA DE BUENOS AIRES -

*LA FÁBRICA*


Gral. LA MADRID  - Pcia. Bs. As. - Argentina
Adiós a "La Fábrica"

La cancha que fue parte de la gente...
El tradicional frontón está siendo demolido. Ex jugadores, propietarios y gente que pasó por aquella cancha de paleta abierta recuerda sus días en el lugar.
Antes de comenzar señor lector, permítase una licencia. Agradecer profundamente a todos aquellos que de una u otra manera colaboraron con la redacción de esta nota, en especial a Mimí García que de su cámara fotográfica se recogió gran parte de las imágenes que son base del escrito.
A través de estas líneas se intentará reproducir, al menos una parte, de la historia de la cancha de pelota a paleta abierta "La Fábrica", un símbolo en General La Madrid. Muchos sobrenombres y muchos recuerdos, que están y estarán en la memoria colectiva.
Desde hace algún tiempo las viejas paredes de adobe están siendo demolidas. "Era un lugar privado, se da paso a la modernidad, pero se pierde una parte muy importante de la historia de la ciudad", coinciden los que alguna vez estuvieron allí.


Su origen es incalculable, los clientes más antiguos suponen que tiene más de 100 años. El primer dato parece estar en la memoria de Alfredo "Chato" Torres. "Un hombre de apellido Vargas", cuenta el Chato, sobre quien pudo ser el constructor. Esto se corroboraría con lo que dice Pedro Guillardoy ya que según recuerda antiguamente se la conocía como "la cancha de Vargas".
En Catastro municipal el primer antecedente se registra en 1954. El propietario es César Olhasso. La cancha, que ya aparece construida, se ubica en la Manzana 27, Sección A, Lotes 6 y 9. También se registra un edificio y un galpón.
El frente está sobre la calle Lavalle. El terreno tiene 20 metros de ancho -incluye cancha y edificio- por 40 de largo. En los fondos figura un lugar abierto. Habrá un espacio temporal hasta que en 1983 el inmueble es adquirido por Jorge Cincunegui, que en 1991 se lo venderá a Ricardo Laure.


La cronología tal vez no sea exacta ya que la mayoría de los que supieron frecuentar "La Fábrica" son personas mayores y muchos otros ya han fallecido. Lo que sí parece una constante es que a lo largo de su historia no fueron muchos los dueños pero sí varios los que la explotaron comercialmente. En diferentes momentos estuvo desocupada o fue utilizada con otros fines.
La historia viva
El Chato Torres será uno de los que podrá aportar parte de su conocimiento. "Cuando era chico estaba la cancha de paleta, una casa en la esquina y después eran terrenos baldíos. De a poco se siguió urbanizando la cuadra", recuerda.
Con sus 84 años cuenta que "empecé a jugar en la cancha cuando tenía 6 o 7 años y eso ya tenía muchos años". El viejo Chato es uno de los "personajes" que visitaron el lugar asiduamente.
Con la edad a cuestas su memoria no lo traiciona. "Eramos muy callejeros. Aprendimos a jugar con una tabla cuadrada frente a la persiana de la familia Lomolino. Nos decían los "gorriones". Nos alquilaban la cancha por 10 centavos hasta que venía la gente grande".
Hay que seguirle la charla a don Chato. El "Foco" era el lugar donde se juntaban de "muchachones" y "Trabajar" era jugar a la paleta. En cada respuesta hay una sonrisa y los recuerdos surgen a cada instante.
Otra característica con la que coincidirán todos los testimonios será que "se jugaba por plata". "Había apuestas por dentro y por afuera", cuentan. "Había campeonatos que se hacían por sistema de "remate", donde se "compraban" las parejas y los ganadores se llevaban el pozo", indica "Bochina" Versacci que "más acá en el tiempo" fue uno de los habitúes.
"Por esa cancha pasaron los mejores pelotaris de La Madrid y del país", sostiene Héctor Menchaca. Nombres como los hermanos Olite, el Zurdo Mena, Juan y Jorge Uye, Pedro Defeo, el Chueco Ibarra, Héctor Falé y Sergio Supán, son algunas de las glorias.
Entre los lamatritenses no podrá faltar la familia Torres, los Buey, los Erdocia ni los Cristóbal, entre tantos otros y pidiendo las disculpas del caso si se pierde alguno. "Es que pasaron tantos nombres y tantas historias que es imposible nombrarlos a todos", Cuenta el "Chingo", Jorge Cincunegui, quien fuera propietario entre 1983 y 1992.
Los cancheros tenían el bar y hacían funcionar la cancha, a veces armando los partidos e inclusive poniendo plata para alguna pareja. Entre otros figuran César Olhasso -quien además fuera propietario-, "Munche" De La Cuadra, Celestino Irigoyen, Antonio Abadie, el "Zongo" Iturreguy, "Pancho" Uranga, Néstor Medina, Hugo Herbosa o el "Bonzo" Aguirre.
Uno de los más recordados pareciera ser "Poroto" Cornejo, que vivió con su familia durante varios años. "Fue quien cambió el piso, que estaba destruido", rememoran.
"Además de la cancha era mi casa"
Celia Cornejo es la más grande de las cinco hijas de Poroto (Celia, Teresa, Dorita, Elsa y Laura). Allí pasó gran parte de su infancia, aprendió a andar en bicicleta y se puso de novia.
"Fuimos a vivir cuando yo tenía 7 años. Mi papá tenía el bar y la cancha. La cancha era de dardo Galarza, que era el dueño, y de mi papá, que la trabajaba", detalla. "Los clientes eran como nuestros tíos", destaca. "De noche quedaban los más conocidos y mi papá los juntaba en la cocina para la guitarreada. Papá cantaba tangos".
La cancha siempre tuvo la misma dirección, con el frontón hacia la calle Lavalle, una de las paredes larga y la otra más corta. En un principio estaba separada del bar y fue Poroto quien la unió, con lo que fuera parte de su casa. También fue el encargado de levantar los vestuarios.
"Cuando había partidos, papá nos paraba en el palo de la luz, en la calle, y cuando se pasaba la pelotita la teníamos que ir a buscar", dice Celia sobre sus recuerdos de aquellas tardes.
"La pared no estaba pintada, sólo tenía colgadas las fotos de los clientes y algunas de sus pasiones. Había muchas imágenes del Guribelcha, un caballo de carreras", repasa sobre el bar.
"El techo era de chapa, lo había trenzado con lana y arriba le había puesto cartón. El cielo raso era de cajas de cartón donde venían las botellas de vino. En la cocina le había pegado papelitos de cigarrillos, era toda plateada y las guardas era con las mariposas que traían las bolsitas de tabaco".
El nombre "La Fábrica" surgió por idea del propio Poroto, "decía que todos se juntaban ahí y parecía una fábrica", menciona la mayor de las hermanas Cornejo.

Uno de los últimos partidos. Bochina Versacci organizó un desafío del que participó uno de los mejores pelotaris del país, Sergio SUPAN.


Miles de anécdotas: Todas las respuestas coinciden en que el lugar era de reunión social. La pelota a paleta era el centro, pero no faltaron las "timbeadas" ni las mesas de política.
"Todos los días al mediodía estaba la mesa de los radicales. En la cabecera se sentaba el doctor Eleodoro Cortázar, después estaba el Chingo Cincunegui, Tigel, Broto, César Olhaso, los hermanos César y Omar Mariezcurrena. De lunes a viernes se sentaban siempre en el mismo lugar, con un copetín. En Reyes compraban un cartón de Lotería y nos lo regalaban, en Navidad también", cuenta Celia.
"Era una cancha hermosa y que estaba al aire libre, eso era lo lindo. Es una de las pocas que había en la zona. Es una cancha que tiene su historia, lindas y feas, porque hasta ha muerto gente", repasa el Chingo Cincunegui.
Mimí García es otra de las que aporta su granito de arena: "Frente a la cancha vivía una señora de Milé. Cuando se caían las pelotas no las devolvía. Un día le rompieron los lentes. Estaba sentada en la cocina, con las ventanas abiertas, la pelota voló, picó y le rompió los lentes".
"A la cancha se iba a jugar por la plata, se jugaba desde adentro y los de afuera le apostaban a una pareja u otra. Después del mediodía ya estábamos ahí. En aquellos tiempos los domingos a la mañana se armaban los mejores partidos, era el día de rompe y raja", rememora Menchaca.
Indudablemente escucharlo hablar al Chato Torres es sorprendente. A cada instante le surge un recuerdo, como las "picas", los viajes y los miles de partidos. Jugó hasta los 69 años y su cuerpo muestra las huellas: quebraduras y golpes forman parte del paisaje de las marcas de su piel. El hombre no se arrepiente.
"Cuando éramos chicos apostábamos centavos, porque no sabíamos jugar. Cuando fuimos más grandes apostamos más plata. Si se armaban discusiones eran de cancha nomás", sostiene.
"Este era un lugar de reunión, no sólo por el juego o la paleta. En las grandes épocas de este deporte se juntaban más de 60 personas y a veces se quedaban hasta la noche para terminar algún punto", coinciden.
El paso del tiempo fue alejando a aquellos amantes de la pelota a paleta. Algunos ya no están. El cartel con la leyenda "Se vende" cerraba una gran parte de la historia lugareña. Esperemos, a lo largo de estos párrafos, poder haber hecho algo de honor a aquellos que supieron transitar por "La Fábrica".